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106 CRISTINA NAUPERT En 1553, el general de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola, le nombra a Manoel da Nóbrega Provincial de la Compañía en la colonia portuguesa. A par- tir de la fundación del colegio de Salvador Bahía los jesuitas expanden la funda- ción y supervisión de colegios a lugares como São Vicente, Ilhéus, Porto Seguro y Espíritu Santo, una tarea hercúlea que mantiene a nuestro protagonista ocupado en constantes desplazamientos no exentos de peligros y numerosos incomodi- dades. Los colegios suelen instalarse en lugares estratégicos para la colonización del vasto territorio brasileño, ya que su función principal consiste en servir como núcleos para atraer e impulsar futuros asentamientos de nativos y colonos en sus cercanías inmediatas. Así, dos de aquellas tempranas fundaciones jesuíticas se han convertido con el paso del tiempo en las dos ciudades más importantes del Bra- sil actual: (Piratininga de) São Paulo y Río de Janeiro. Gracias a sus incesantes viajes, el padre Nóbrega entra en contacto con casi todas las tribus tupí-guaraníes del litoral brasileño (entre las más importantes destacan los Carijós, Tupiniquins, Tamoios, Tupinambás y Caetés) y en menor medida también con algunas del interior a las que se alude de manera genérica como «tapuias» (Moreau, 2003, p. 72-80). A juzgar por diferentes comentarios en sus cartas, parece que llega a entender bastante bien los dialectos tupíes (Nóbrega, 1886; Leite, 1940), pero no habla en la lengua ajena como lo consiguen admirablemente otros jesuitas como, por ejemplo, sus compañeros de fatigas José de Anchieta (cf. Vega, 2015) o Juan [ João] Azpil- cueta Navarro, a quien alaba tantas veces por sus extraordinarias dotes lingüísticas. Nos topamos aquí una vez más con su problema de tartamudez: una de las exigencias que se imponía en la labor misionera el padre Nóbrega a sí mismo y a sus compañeros era la de presentarse ante los nativos siempre como «senhor da fala» o «bom língua» (es decir, como hombre de verbo fluido y brillante retó- rica) porque los indios esperaban de una persona que representaba cierta autori- dad (comparable a la que se daba en sus jefes, pajés o karaíbas ) que se expresara de forma ejemplar. El ser «bom língua» o «senhor da fala», es decir, la persona capaz de hacer gala de una buena oratoria era para los indios sinónimo de perso- naje público dotado de liderazgo, credibilidad y autoridad. Los jesuitas eran en parte para los indios algo parecido a sus propios karaíbas , admirados y respeta- dos «predicadores ambulantes» cuyas enseñanzas calaban y se seguían entre los gentiles también (o a lo mejor se debería decir sobre todo) por sus extraordina- rios dotes comunicativos (Moreau, 2003, p. 134-135). Siendo así las cosas, está claro que el padre Nóbrega se siente obligado por su tara a recurrir siempre a la ayuda de un intérprete para poder obrar de forma cohe- rente con sus propias exigencias y con las expectativas de los nativos. Esta función de intermediario lingüístico al servicio del Provincial de la Compañía de Jesús la cumplen tanto padres jesuitas «línguas» que poseían un dominio suficiente de la lengua franca, el abanheenga («Língua de Gente») o tupí antiguo 3 , que se usaba en la comunicación con las tribus tupíes asentados en el litoral, como, por ejem- plo, los ya citados José de Anchieta y Juan [ João] Azpilcueta Navarro o también 3 En contraposición al nheengatu (o tupí moderno), que representa la evolución y transformación del abanheenga bajo la influen- cia de la colonización y que sirvió como estrato básico de la lengua criollizada, la Língua gêral paulista , que fue usada durante un tiempo considerable como medio de comunicación en la colonia hasta que el Marqués de Pombal prohibiera su uso en 1775 cuando impone el portugués como única lengua oficial en Brasil.

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