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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN GUAYANA 235 labranzas, la manutención del primer o primeros años, el darles a todos ropas o a lo menos guayuco y algunas chucherías para acariciarlos, la casa del Padre misionero y sus indispensables alhajas, la erección de las iglesias, especialmente por lo que toca a carpinteros, herramienta y pin– turas, el proveerlas de ornamentos y vasos sagrados, la conservación de éstos y la cera y demás adminículos para el ejercicio de los sacramentos, celebración de festividades y el culto divino. En una palabra: se han formado los treinta y cuatro pueblos y las dos villas de gente extremadamente pobre y desnuda; se han surtido de todo lo preciso a la vida humana: se les han dado iglesias proveídas de todo lo necesario; siete mil personas existentes actualmente a lo me– nos se han puesto en población y proporción de vivir política y cristiana– mente, excluso el número de las de los pueblos perdidos, que se han levantado y huido a los montes, a los cuales con nuevas entradas y gas– tos procuramos reducir otra vez. Infiérase de esto lo que se habrá gas– tado y lo que necesaria y continuamente se va gastando. Por fin: si es preciso asombrarse de la exorbitancia de los costos que ha sobrellevado este fondo tan superficial, es necesario atribuirlo a superior economía y confesar que es verdad que la mano del celestial Padre de familias con ésta se ha manifestado pródiga como en las demás liberal, pues si hacemos un cómputo prudencial de los gastos y de lo que ha entrado, llegará esto quizá a la centésima parte de aquéllos, y aun digo poco. Para esta liberalidad se ha valido no poco Su Majestad de las reses del hato y de las limosnas de la masa común, como de los panes y peces en el desierto para alimentar a millares de personas que vienen a oír su doctrina y aprender su santa ley, porque, como el caso es lo mismo que aquel tiempo, no tiene reparo en repetir el milagro y no nos causa admi– ración esto, porque en esta nueva fundación y prodigios que se experi– mentaba en tiempos antiguos y en la primitiva Iglesia, de lo cual podría expresar "usque ad sacietatem", si hubiera de tratar de propósito este asunto. Conclusión. - Esta sencilla relación bastaría para adecuada prueba de nuestra conclusión, esto es: que no se deben pagar diezmos de estos bienes, pues ex decimis decimae solvendae non sunt, como dicen todos los doctores, y, si bien lo miramos, todos ellos se pueden llamar un diezmo, supuesto que sirven únicamente para lo que sirven los diezmos, que es alimentar a los obreros del divino ministerio, sustentar a los po– bres y en reconocimieto del divino dominio, a lo cual se añade, si es
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