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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN GUAYANA 233 lo preciso para la vida civil y cristiana. Treinta y cuatro pueblos de in– dios se han fundado de este modo y más dos villas de españoles, todos y cada cual con su correspondiente iglesia. De dichos pueblos permane– cen los veinte en el día con las dos villas, y los otros catorce se nos han perdido, unos por epidemias de viruelas o semejantes, y otros por levan– tamientos o motines de indios. También a las dos villas les ha dado los socorros espirituales y los temporales que nos han sido posibles, y más a la de Upata, a cuyos vecinos se dio casa hecha, labranza sembrada de comestibles y un año de manutención necesaria de carne y casabe para el gasto de cada familia, sin otros auxilios frecuentes de varios géneros según las fuerzas de la misión. Hasta la ciudad de Guayana ha recibido de esta misión el fomento, no sólo con la continua asistencia de un misionero en la iglesia de dicha capital hasta el año de mil setecientos sesenta y nueve, apenas recibiendo derecho alguno parroquial, y repartiendo lo que voluntariamente ofre– cían de ellos algunos vecinos menos necesitados, manteniendo la comu– nidad casi de un todo a dicho misionero, sino también socorriendo con limosnas de carne y casabe a muchos vecinos pobres. Para atender a tantos gastos era preciso la economía de vivir de común y también la de ceñirse los religiosos a lo más preciso, como de facto lo han hecho, comiendo sólo el pan de raíces, que con doblada ra– zón se llama pan de palo, y bebiendo sólo agua. Como también ha sido preciso que el amoroso Proveedor del universo, a proporción de los gas– tos, aumentase los medios para sobrellevarlos con aquel sabio cuidado con que dispone todas las cosas en número, peso y medida. No sufragaran los sínodos o las limosnas anuales que el rey tiene señalados para cada religioso misionero, aunque se lograra toda entera la recaudación: cuánto menos habiéndose atrasado de modo que en el día son más de setenta mil pesos los que deben las cajas reales de Cara– cas a esta misión, como consta en la contaduría de dicha ciudad, siendo así que la asignación y contribución de ellos sólo se cuenta desde el año mil setecientos veinticuatro, y entonces sólo se daban cincuenta pesos anuales hasta el año mil setecientos treinta y ocho, en que se añadieron ciento a la dicha asignación, y al principio los dichos religiosos eran tan solamente seis, como queda dicho arriba. Y después fue poco a poco au– mentándose el número hasta llegar a veinticinco o treinta, poco más o me– nos, que habemos sido desde que yo vine en el año mil setecientos se– senta y cinco, en que llegué con once compañeros.
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