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-128- conocidos, sin hacer una visita a personas de mas o me– nos viso, con las cuales tal vez no hemos hablado más de dos veces? ¡Oh, no! Esto sería dar muestras de co– razón duro o de falta de educación. No quiero decir con esto que no nos despidamos, pero no olvidemos tampoco que somos apóstoles de Jesucristo y que por lo tanto nuestra despedida debe ser digna de apóstolt-s. ¡Feliz el misionero que al día siguiente de partir, pue– de escribir a sus padres como Godofredo Chicard: «He– mos cumplido dignamente lct voluntad de Dios; alegré– monos ahora.» Yo creo sinceramente, aunque algunos me tachen de no estar a la altura de nuestros tiempos, que una larga permanencia entre la familia difícilmente puede sostenerse sin menoscabo de la gravedad apostólica. Es un estado violento para todos. Pero ya que no puedas menos de pasar algunos días con tus parientes, procu– ra al menos santificar con motivos sobrenaturales el dolor que os produce la separación. Díles que tu suerte más que lamentable es digna de envidia; que el título de mayor nobleza, que pueden ostentar ante Dios y los hombres es ser padres de un misionero y sobre todo esfuérzate en quitarles de la imaginación aquellos pre– juicios que suelen de ordinario acompañar al concepto de la vida del misionero. Pero la mejor y más digna despedida es la que se hace por carta o con una visita lo ,más breve posible, de tren a tren, como suele decirse. Después habrá tiempo de dar explicaciones y entenderse. Entonces po– drás manifestar tu afecto con tanta más naturalidad cuanto más parco fuiste en tus palabras al partir, ya
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