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Ruda y larga fue la experiencia de Padre Marceliano en Sevilla, "aristocrática del lujo, plata y crimen", emporio cafetero de Colombia. Fue la época de las sangrientas livalidades de azules (conservadores) y colorados (liberales). Noches de insomnio por las olas de crímenes: óleos a los muertos y trenos arriesgados contra los criminales. Todos católicos de pila. El primer día que se quedó solo al frente de la parro– quia (una sola parroquia para 70.000 almas) triple entierro de otros tantos asesinados, desde las 14 a las 18 horas; y sin quitarse los orna– mentos, corre a asistir a un cuarto, al que halló de bruces y recién expirado. "Y hay del que denuncie al homicida, porque su muerte es segura. Y los únicos que tronábamos contra el crimen éramos los padres, imagínate tú al10ra al P. Marceliano, a caballo, por veredas solitarias, caminando entre cafetales, verdaderos nidos de asesinos, mirando por todos los rincones, esperando por dónde saldrá la bala que ponga fin a mis días... Esto quizás te parezca un afán de exagerar el peligro por vanagloria. te lo juro que no exagero en nada" (2). Ni éste ni el anterior son casos extremos o singulares . Todos los misioneros, al menos los de primera hora, han vivido sus horas de epopeya. Ampliación y reforma del convento.- Luego de posesionarse de su guardianía Serafín de Lezáun, se iniciaron las obras en la iglesia y en la casa. Mucho habían trabajado los padres Bernardino de San Isidro, Ezequiel de Pasto y Clemente de Tulcán por reconstruir uno y otro edificio; pero quedaban muchos escombros por retirar y muchos huecos por rellenar para adecentar el templo y hacer menos inhóspita la vivienda. El convento se reducía a la planta inferior, en torno a un patio porticada incompleto y a una media agua superpuesta en el tramo oriental, obra de P. Clemente. Ni arcos ni columnas por la banda occidental, sino una tapia de barro y cañas, retraídas varios metros con respecto a la fachada de la iglesia. Se derribó la tapia, se desalojó el monte de escombros respaldado contra la pared septentrional de la iglesia, se prolongaron patio y pórtico, con nuevos arcos sobre columnas, y se levantó, sobre zócalo de piedra labrada el hastial de ladrillo y mampuesto, en línea con la fachada de la iglesia, y se habilitó una parte del piso superior para vivienda. Fray Lorenzo, que estaba al frente de los trabajos, como delegado del ingeniero Aníbal Proaño, porfía en que se tallaron a pie de obra, sobre piedra traída del Imbabura, las columnas y robustos pilares con que se cerró el recinto porticada. Extraña no poco el parentesco en material y en labor de talla que guardan estos monolitos con los que se plantaron en 1893, procedentes del templo colonial de la Concepción de !barra. 231
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