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Responde el custodio Santos que está en su derecho el cabildo al tomar la resolución adversa y que la acata sin reservas y hasta con alegría; "porque nos libera de una gran responsabilidad, nos facilita el desempeño de nuestro ministerio particular y la mejor observancia de la vida regular capuchina". "Ahora bien, nos han sorprendido y preocupado las gravísimas acusaciones que el Vble. Cabildo Diocesano ha aducido para negar unánimemente el consentimiento a la renovación del contrato". De la confrontación de las cláusulas del contrato de 1942 (57) con nuestro proceder se colige que tales imputaciones "son gratuitas, falsas y hasta creo que algunas calumniosas". En aquéllas se pedía el apoyo moral a la construcción de la parro– quia; el cuidado esphitual del territorio civil de Maldonado, "dentro de lo que pueda desplegax su celo pastoral y el interés por las almas". Ahora bien, llegaron nuestros padres, en diversas excursiones apostóli– cas, a partir de 1952, hasta donde nadie antes había llegado y bautiza– ron a personas, cuya edad pasaba de los sesenta. Respecto de las cuentas de la parroquia, se vienen rindiendo desde la separación del comisariato Ecuador-Colombia, a satisfacción de los prelados y a tenor de las normas dispuestas por el Dr . .Arnenio Torres, a la sazón secretado diocesano. Y en lo que a los enfermos se reduce, "exigimos casos concretos ", puesto que consta que aun los de la otra parroquia fueron asistidos de noche por nuestros padres. En el contrato de 1942 quedó claramente establecido que por los servicios religiosos a las betlemitas, a los Hermanos Cristianos y al hospital, se percibiría la consignación estatuída. Prescindiendo de este matiz no desdeñable: al erigirse la custodia de Ecuador, un sacerdote secular atendía a las religiosas betlemitas; el 30 de junio de 1955 tuvimos que renunciar a la capellanía del hospital que veníamos atendiendo desde 1942. Finalmente, ni merece comentarse la situación de nuestras con– gregaciones pru:roquiales, no menos florecientes que las más activas de los mejores centros diocesanos. Es extraño que .ese cabildo no hallara objeción que poner cuando en 1952 procuró el Excmo. Sr. Obispo César Antonio Mosquera renovar por otros diez aiios el contrato ya caducado, "contrato que la Orden no firmó" (58). En respuesta a las cartas del custodio Egüés, fechadas los días 26 y 27 de septiembre y 16 de octubre de 1956 expresa Mons. Silvia Baro "los sentimientos de su particular aprecio para la Orden Franciscana", con la cual colaboró en el apostolado de Guayaquil; y le comunica 211

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