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arte, como la figura desde el espejo, hablándote a ti, tangible para ti, distinta a tu juzgar de siempre, a tu juicio dudoso, que ahora ya se hacía así de distinto, muy posiblemente ya certero, y salí de la Catedral; las nubes también decían de la bondad divina. Creo que para poder recibir haya primero que vaciarse de uno mismo. Creo también que sea necesario un tiempo de trabajo y de mucha insistencia por el arte para que este encuentro se haga en el espectador. El esfuerzo del artista religioso, sus lágrimas por esta creativi- dad, creo que tienen algún parecido con el comportamiento del hombre místico, que, cuanto más se ahonda en el ser individual, por llegar a su origen, se percibe ya un encuentro con la misma divini- dad: como si belleza, verdad, bondad, fueran ya a ser una misma realidad. A NTONIO O TEIZA , OFMCap Salamanca EL ARTE EVANGÉLICO Y OTROS ENSAYOS 287

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