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carne en sí o del cuerpo, y enfrentar éste al alma, lo que está pre- sente en San Pablo es un deseo por poner de relieve la caducidad del hombre como tal, y tratar de orientar debidamente su existencia, que se ha tornado pecaminosa, hacia Dios. Por su parte, del término yuchv , como equivalente a alma, a tenor de distintos pasajes paulinos pudiera decirse igualmente que su significado corresponde también con el del hombre en su totali- dad y hasta con el de «todo hombre» 8 . Finalmente, el término central para San Pablo, sobre todo teniendo en cuenta el propósito de sus Cartas, que no es otro que el del anuncio de la liberación y salvación del hombre por parte de Dios, es pne ~ uma , traducible por espíritu. Ahora bien, pne ~ uma tiene que ver con soplo, hálito y, entonces, es referido al hombre para significar el espíritu del hombre, mas sin pretender realizar ningún tipo de disquisiciones filosóficas sobre esto. Pero, pne ~ uma tiene además otra equivalencia muy distinta y fundamental y, en este caso, denota el espíritu de Dios. Pone de manifiesto la virtud o acción de Dios que se extiende sobre el hom- bre. De donde que, si el hombre se deja guiar por Dios, se convier- te en pneumatikós ánzropos , u hombre espiritual, frente al psichikós ánzropos , u hombre psíquico o natural, que se orienta según la naturaleza 9 o la animalidad. En conclusión, el término espíritu no revela que San Pablo hable de éste en el sentido de una dicotomía, presentándolo como opuesto al cuerpo y alma conjuntamente. Ni tampoco en el de una tricotomía, o por alusión a algo así como un tercer plano distinto y 242 JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ MOLINERO 8 Sobre esto último se dice así en la Carta a los Romanos : «Tribulación y angustias sobre todo hombre que hace el mal, primero sobre el judío, luego sobre el gentil» (Rom 2,9). 9 Por tratarse de un texto sin duda básico en la antropología religiosa de San Pablo lo trasladamos con amplitud a este lugar: «Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido. De éstos os hemos hablado, y no con estudiadas palabras de humana sabiduría, sino con palabras aprendidas del Espíritu, adaptando a los espirituales las enseñanzas espirituales, pues el hombre natural no percibe las cosas del espíritu de Dios; son para él locura y no puede entenderlas, porque hay que juz- garlas espiritualmente. Al contrario, el hombre espiritual (los subrayados son nues- tros) juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 12-16).
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