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como humano. En otros términos que el sujeto que observa (activi- dad), aquí se presenta como observado (padecer). Es decir, que en el juego del conocer, si es verdad que cada cual debe atender a su juego, no es menos cierto que para poder llevarlo a cabo, se deberá atender a la totalidad del juego, a todo el juego, al juego del univer- so. Y esta totalidad, lo sagrado, ni juega del todo con nosotros (puro padecer) ni nos deja jugar solos (puro conocer). Los dos momentos deberán ser recogidos. La piedad sería el momento de recoger, reu- nir (logos) el trato con dicha totalidad, con lo sagrado. Sólo en la totalidad del juego tiene sentido nuestro propio juego del conocer. Y por fin, si damos por cierto el dicho de Aristóteles, que «todos los hombres desean por naturaleza saber», ahora sabemos que por naturaleza no sólo conocemos, sino que tal naturaleza también sien- te, y este sentir es un trato que gestiona la piedad. Por naturaleza deseamos conocer; pero a lo no conocido, primero llega la piedad como gracia. Sólo un conocimiento como piedad así comprendido, puede ser entregado a un Logos lleno de NATURALEZA Y GRACIA. L UIS A NDRÉS M ARCOS Universidad Pontificia de Salamanca CONOCIMIENTO COMO PIEDAD 149
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